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¿Existe el estilo tipográfico? | 25mar09



* Texto con el que participó Cristóbal Henestrosa en la mesa redonda ¿Existe el estilo tipográfico?, el miércoles 25 de marzo de 2009 en el Centro Cultural Bella Época (Fondo de Cultura Económica), al lado de Marina Garone y los fundadores de Type Together: Veronika Burian y José Scaglione.

 

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Para saber si existe el estilo tipográfico, sería útil comenzar por definirlo. Cuando nombramos a alguien como tipógrafo podemos aludir principalmente a tres actividades:

 

—Si yo digo que Adrian Frutiger es tipógrafo, es porque esa persona se dedica a dibujar alfabetos a mano o con vectores, a espaciar los signos y hacer que las fuentes queden listas para ser usadas: un diseñador de letras.

—Si yo digo que Alí Chumacero es tipógrafo, lo que quiero decir es que en este poeta ha recaído la decisión sobre si el libro debe componerse en Garamond o en Bodoni, determinar márgenes, interlíneas, disposición espacial, etcétera: algo muy cercano al diseñador editorial.

—Si yo digo que en las imprentas de antaño había un tipógrafo, lo más probable es que no me refiera a que ahí estaba Frutiger o Chumacero, sino al cajista, es decir, al encargado de acomodar los tipos movibles y dejarlos listos para la impresión.

 

Ahora vayamos con el estilo. El diccionario de la Real Academia lo define en su sexta acepción como la «Manera de escribir o de hablar peculiar de un escritor o de un orador; carácter especial que, en cuanto al modo de expresar los conceptos, da un autor a sus obras».

 

Si toda actividad creativa supone que el autor imprimirá su modo peculiar «de expresar los conceptos», es posible extrapolar lo que la academia dice del escritor y del orador al tipógrafo en cualquiera de sus tres acepciones: diseñador de letras, diseñador editorial o cajista. Los tres son capaces de dotar a sus obras de un «carácter especial» que podría denominarse «estilo». Por tanto, el estilo tipográfico sí existe.

 

El tipógrafo irá cultivando su forma peculiar de resolver los problemas, así que con el paso del tiempo generará un estilo, lo quiera o no. Si alguien se toma la molestia de analizar las obras de estos tres especialistas, podría concluir algunas cosas sobre su «modo de expresar», tales como «todas las letras g de este diseñador de letras son espantosas», «este diseñador editorial quiere resolverlo todo con Bodoni», o «a este cajista no le importa dejar una palabra suelta al final del párrafo».

 

Ahora bien, lo ideal sería que el trabajo del tipógrafo no genere comentarios negativos por parte de quienes en su momento lo valorarán: entre otros, el lector. Es muy probable que no todos los lectores sepan que detrás de cada producto gráfico hay un diseñador responsable de su aspecto visual. También habrá lectores que no sepan que las letras que habitan en la página fueron diseñadas por un ser humano. Pero las decisiones tomadas por el diseñador de letras, el diseñador editorial y el cajista afectarán al lector, con lo cual su trabajo repercute también en la percepción que el lector tendrá de la editorial y hasta del autor del texto.

 

El problema no es tener un estilo tipográfico. Lo malo está en que nuestro estilo tipográfico se califique como limitado, pobre o descuidado. Presumo que el tipógrafo que se precia de serlo aspira a ser competente en su trabajo. Que su estilo tipográfico no sea limitado, pobre o descuidado, sino excelente, versátil, idóneo. Que sea capaz de transmitir los mensajes correctos con la intensidad adecuada. Que esté consciente de que la mayoría del tiempo su labor es más bien discreta. Incluso, que sepa que muchas veces su estilo consistirá en pretender no tenerlo.

 

Detenerse en las sutilezas de las formas tipográficas puede ser un asunto muy ajeno a los intereses no sólo del lector promedio, sino incluso de los del diseñador promedio (lo cual es lamentable). Pero quien se adentre en esta selva tendrá mucha ventaja sobre quien no lo hace y prefiere resolver todo con las opciones de siempre «porque así se ve bien». Y sí, puede verse bien, pero podría verse mucho mejor. No es de vida o muerte, pero ahí radica la diferencia entre un diseñador de grandes ligas y uno que sólo es cumplidor. Para estar a tono con el hecho de que en la mesa hay un colega argentino y una colega mexicano-argentina, cerraré diciendo que no todos podemos ser unos Maradona del diseño, pero si profundizamos en el conocimiento de nuestra disciplina, sin duda seremos mejores que como estábamos al principio. Conocer el libro de Bringhurst nos llevará por ese camino.






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